La no-romántica historia del Sr. Simpson (antes conocido como Eduardo VIII)

Martin Allen: El rey traidor. Editorial Tusquets, colección Tiempo de Memoria, Barcelona 2001. 344 pgs

No es nueva la hipótesis de que Eduardo VIII, luego duque de Windsor, también conocido como el marido de la Sra. Simpson, no fue un simple romántico pacifista. Tampoco es nuevo descubrir que tenía ciertas “simpatías” (él y la Sra. Simpson) por el fascismo y los regímenes totalitarios. Pero lo que este libro plantea es la pura, simple y brutal tesis de que el exrey británico espió las defensas francesas por cuenta de los alemanes, e incluso que tuvo mucho que ver con identificar el punto débil de las Ardenas. Para probar esta hipótesis, Allen ha contado con los archivos de su padre, y también con la implacable labor de zapa de la Casa Real inglesa, que lleva 60 años borrando todos y cada uno de los rastros que fue dejando el duque antes de terminar aceptando el cargo de gobernador en las Bahamas, incluyendo Madrid y Lisboa. Otra de las tesis del autor, sobre el incidente de Mechelen-sur-Meuse, es más discutible, aunque realmente es más “ortodoxa”, pues ya la sostenía Liddell Hart en 1948. (Liddell Hart no podía entonces haber leído las investigaciones de Bauer en los años 70, pero que Allen Jr en el 2000 las ignore ya da más que pensar).

Eduardo se pasó la drôle guerre inspeccionando el dispositivo defensivo francés, del Canal hasta Suiza, por encargo nada menos que de Ironside, comandante del BEF… Estas visitas no eran sencillamente protocolarias, puesto que Ironside pensaba emplear las dotes de observación de Edward Gotha-Coburg (ejem) y su educación militar precisamente para conocer el dispositivo defensivo francés, ya que éstos no le facilitaban esa información (tampoco los franceses sabían gran cosa de la RAF, por poner un ejemplo, y de ahí sus peticiones en mayo-junio de mil spitfires para restaurar el frente). De esta forma, y con el uniforme de general de división, el marido de la ex-Señora Simpson informó tanto al comandante del BEF… como al OKW alemán de las defensas de todo el frente, de forma más minuciosa de lo que yo puedo exponer aquí (en el libro citan el informe de Eduardo dictado a los británicos sobre el sector de las Ardenas, y habla incluso cómo estaban mal situados los campos de tiro de cañones y ametralladoras…).Estos informes llegaban al OKW por medio de Bedaux, un curioso personaje, multimillonario, nacido en Francia, nacionalizado norteamericano y espía por su ideología fascista. Este individuo, que luego desempeñó un papel no pequeño en Vichy, sencillamente iba y venía de París a Colonia con su pasaporte USA por la neutral Bélgica, y de hecho Allen estaba escribiendo un libro sobre él, cuando se fue encontrando con el “pastel” de Eduardo. Estas “giras” de Eduardo terminaron en febrero de 1940, cuando ya había inspeccionado todo el frente, pero también cuando se dio el llamado “incidente de Menchelen”.

Mechelen, chapuza o contra-contraespionaje

El “incidente de Menchelen”, hoy bastante olvidado, fue el nombre dado al aterrizaje forzoso de los dos oficiales alemanes con un Bf 108 en este pueblecito belga el 10 de enero de 1940, no en noviembre del 39. Todas las historias de la SGM que he leído dan este “incidente” como algo genuino, no como una operación de contraespionaje; las únicas opiniones discordantes, Liddell Hart en El otro lado de la colina de 1948 (última edición española de 2002) , pero no en su posterior Historia de la II guerra mundial) y ahora Allen Jr. He leído interpretaciones de todo tipo (una reciente y bastante interesante, Ernest R. May, Strange Victory: Hitler’s Conquest of France) pero los argumentos de Hart en su día eran sencilla desconfianza ante algo tan “ideal” y tan torpe; los de Allen, por lo menos, son más elaborados:

1. Ese mismo día otros aviones alemanes volaron por la misma zona sin que la meteorología les afectase (He 111 y Ju 88 de reconocimiento).
2. El Bf 108, pese a ser una avioneta de enlace, era de lo más moderno de entonces, nada que ver por ejemplo con el Bu 131, o el Tiger Moth inglés, aún biplanos entelados con cabina abierta. 
3. ¿Confundir el caudaloso Rhin con el Meuse?
4. los intentos de quemar los documentos le parecen demasiado teatrales. Por ejemplo, una vez estrellados y con el mal tiempo que hace, Reinberger intenta quemar sus papeles entre la nieve y con un viento de mil demonios, en vez de acudir al avión para hacerlo…
5. El piloto, veterano de la PGM, no podía ser tan torpe. 
6. Hilter reaccionó con calma ante lo sucedido (en otras descripciones he leído justo lo contrario, incluyendo la detención de las familias de ambos oficiales, pues de entrada se pensó en traición). 
Bueno, podría seguir. Yo, lo siento, sigo siendo “ortodoxo” en este asunto. Hoenmanns dio como excusa para este vuelo precisamente su falta de horas como piloto, y comparar un Bf 108 con aviones polimotores que cuentan con tripulaciones que llevan meses en servicio, con navegante incluido, no me parece demasiado ajustado a la realidad “meteorológica” de la aviación de entonces. Por no decir nada del riesgo que corrían nada menos que dos comandantes (uno a cargo de un aeródromo y otro del EM de la 2º LF) haciendo semejante aterrizaje. Hay otras muchas formas de montar una operación de este tipo (como la de los ingleses antes de Torch) para que resulte más “creíble”. Y los planes capturados se ha demostrado que eran auténticos… Hitler no tenía por qué darlos si todo era una colosal operación de engaño para comprometer aún más a las reservas francesas hacia el interior de Bélgica, y convencer de paso a von Brauchitsch para adoptar el plan Manstein (bueno, según el Führer, el plan genial pensado por el mismo y con Manstein a cargo de los detalles…) Todo parece indicar que la casualidad y la torpeza de un par de oficiales de mediana edad cambiaron el curso de la guerra… ni tan siquiera Hitler en sus sueños más desbocados había pensado nunca en que se pudiera derrotar a Francia tan fácilmente; las llamadas continuas a Guderian y a los comandantes de las Pz. Div. pidiendo hasta tres veces al día que se parase el avance y que esperasen a la infantería, así como el pánico que había en el OKH a que en cualquier momento se les comunicase la destrucción de todas sus fuerzas de choque están ampliamente documentadas. Las consecuencias de esta victoria tan inesperada fueron muchas, no siendo la menor el pensar que la Whermacht era invencible, o que la URSS sería aún más débil que el ejército zarista de 1914.
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