Repitan conmigo: fumar perjudica seriamente la salud

mh-amsAlfonso Mateo-Sagasta: Mala hoja. Editorial Reino de Cordelia. Páginas: 176. Rústica con sobrecubierta de Miguel Navia. Papel suavecito pero satinado, no recomendable para liar cigarrillos. ISBN-13: 978-8416968275. Precio: 16,95 €

Antes, que nada, sepan que odio a este autor desde que leí La oposición. Es un odio profundo, espeso cual melaza de ingenio azucarero, Ardiente como el palo de cedro con el que los entendidos encienden los habanos. Negro y rojo, como la espalda de cualquier negro bocabajo. Gris rencor, como el acumulado durante siglos entre historiadores y arqueólogos. Azul profundo, helado, como los ojos de las mulatas especialmente diseñadas por los negreros de crianza. Mi rencor, mi inquina, sólo ha podido aumentar con la lectura de su nueva novela. Redondeada, que no redonda. Histórica, que no complaciente. Negra, pero (algo) demasiado literaria. Imposible evitar el juego de palabras. Pero su contenido es negro, y no policíaco. Además, el autor lo avisa en la página 12: en la realidad siempre acaba ganando la muerte.

Lleve uno quince años sin fumar, para esto.
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La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán

Manuel Alberca: La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán Tusquets Editores: Colección Tiempo de Memoria. Número de páginas: 776.  Barcelona 2015. Encuadernación: tapa blandísima, eso sí, con solapas, y con el lomo bien pegado.
ISBN: 9788490660720.

Siguiendo las corrientes de moda del pensamiento actual, tenemos nueva biografía desmitificadora de otra de las grandes figuras del pasado. Después de la de Gregorio Morán sobre Ortega, de que González Cuevas consiguiera que nos diera pena el inaguantable Maeztu, o de que Gil Bera destrozase la imagen de ancianito entrañable de Baroja, ahora le toca a Valle-Inclán, posiblemente más famoso y a la vez menos leído (sobre todo actualmente) que todos los anteriores.

Una buena biografía debería ser, ante todo, una herramienta para comprender mejor las acciones del biografiado que de verdad importan; en el caso de escritores, su obra. Este propósito Alberca lo cumple apenas. En contraste con las biografías de Lorca de Gibson, la de Borges de Williamson o la de Kafka de Hayman, la obra de Valle-Inclán se asoma poco entre las páginas de Alberca, sólo lo imprescindible. Consuelémonos señalando que, de todas formas, el elemento autobiográfico tiene poca importancia para ValleAlberca, como Bera con Baroja, pero con menos saña, se esfuerza en desmontar la leyenda de su vida, esa imagen creada con tanto mimo por el autor y sus contemporáneos acerca de la pobreza y la bohemia del Madrid literario de principio de siglo. El demoledor Albercanos revela, inmisericorde, que todo era una pose. Inclán era un señorito de provincias, al que nunca faltó no ya lo suficiente para vivir, sino para vivir bien, y casi desde el principio mantuvo en Madrid un criado a su servicio, Paralelamente a su carrera literaria tuvo una de empresario teatral y de editor de sus propias obras en la que no le fue tan mal, aunque no tanto como le habría gustado. Famoso casi antes de publicar nada gracias a su vestimenta y sus extravagancias capilares, Valle siempre ha sido más famoso que leído. Ni las ventas de sus libros ni las entradas de sus obras colmaron nunca sus expectativas, y en ocasiones ofreció en remate los últimos ejemplares de sus primeras ediciones, que ahora valen potosí y medio. Pese a que su carlismo era mucho más que una pose, recibió tanto de la monarquía alfonsina como de la república todo tipo de momios y carguetes, que le permitieron vivir quizá no con la displicencia de un marqués, pero sí con la holgura de un notario. En cuanto a su dimensión amorosa, Alberca prefiere considerar injustificados los celos de su mujer antes que meterse en berenjenales difíciles de dilucidar. Las cuentas con las librerías, con los teatros, los contratos de alquiler y de compra dejan rastros documentales,  Las posibles infidelidades de Valle, o las justificaciones de las excesivas suspicacias de doña Josefina no lo han hecho.

Ramón José Simón Valle Peña a los 28 años, en 1894.
Del libro de Dianella Gambini La Sonata de Primavera  de Valle-Inclán

¿Por qué leemos biografías de escritores? ¿Por qué no nos basta con sus obras? ¿A qué ese afán en meternos en su vida privada? La respuesta a ese enigma supongo que se encuentra en las cifras de audiencia de Tele5. Como animales sociales tenemos la necesidad de agruparnos y separarnos, para tirarnos besos o coprolitos. Todos conocemos a quien no lee a Borges por alguna anécdota antipática, o porque le cae mal María Kodama. O a García Márquez  o a Vargas Llosa por sus ideas políticas. O por su actual pareja. Para un prócer que no se lía con una jovencita…

Vallle-Inclan en 1911. Wikimedia Commons.

Lo cierto es que la belleza de las Sonatas no estriba en que sea cierto o impostado lo que cuentan, y la grandeza de Max Estrella no reside en su contraste con el Sawa auténtico, o con la billetera de Valle. Nos escandalizamos por el rechazo de los respetables burgueses a Rimbaud o Verlaine, por el juicio por inmoralidad al Ulises de Joyce, pero ¿quién lee o representa hoy a Alfonso Sastre, o se toma en serio a Arrabal? 

La biografía de Baroja por Gil Bera fue ampliamente rechazada y ninguneada por los barojianos de pro. (Sí, la compré de saldo). Esta de Valle, menos desmitificadora, parece que sí es aceptada, aunque no demasiado, por los admiradores del manco gallego, quizás porque es muy semejante a la que ha escrito Joaquín Valle-Inclan, nieto del escritor, que parece que llega a las mismas conclusiones. Lo cierto es que no  hace falta ninguna de las dos para seguir disfrutando de su obra. Esta reseña, por cierto, me pilla a medias de la lectura de Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada, un autor cuya imagen pública siempre me había provocado rechazo, y ante cuya obra no puedo por menos que quitarme el sombrero y realizar una amplia reverencia.

Valle-Inclán se merece algo más que esta o cien nuevas biografías. Se merece que volvamos a leer sus Sonatas, en una nueva edición exquisita e ilustrada, o que nos olvidemos por unos instantes de los vídeos de gatitos y recordemos que muchas de sus obras están a nuestra disposición en internet,  y que podemos ver, por ejemplo, su trilogía militar-esperpéntica Martes de Carnavalgrabada en 2009,  con un simple golpe de clic.

La cartera del cretino

 

Presentación tremendamente cuidada,
traductor de lujo… e incluye e-book.

KURT VONNEGUT:  LA CARTERA DEL CRETINO. ISBN: 9788415996033. MALPASO EDICIONES, Barcelona 2015. 144 págs. Encuadernación: Tapa dura, lomo de colores. Incluye e-book. 18,5 €

Si las novelas de Vonnegut no son para cobardes, sus relatos son aún menos recomendables para pusilánimes y comeflores. Tampoco es que haga falta ser un míster Atlas del pensamiento filosófico, un apóstol del pesimismo tipo Max Weber, pero lo cierto es que ayuda. Es lo que tiene ser uno de los escritores más corrosivos, inquietos y con más mala baba del siglo XX, que además combina con un sentido del humor sutil y despiadado.

Ambrose Bierce, a su lado, es un optimista compulsivo, una Pollyannadecimonónica. Lo terrible de Vonnegut, además, es su capacidad para el disimulo y el aparente buenrrollito. Es capaz de contarte el genocidio armenio con una sonrisa, la extinción de la humanidad como una sucesión de chistes, el bombardeo de Dresde como una novelilla de ciencia ficción de a duro. Lo siento por Updike, por Carver, por Roth, por Theroux. Vonnegut es el puto amo de la literatura anglosajona del siglo XX. Da igual que se dejara bigote.

Y lo cierto es que a mí el Vonnegut que me gusta es el de las novelas; sigo recordando el mazazo que me supuso leer “la pianola” o “madre noche” de ese saldo de Bruguera, pues de saldo he comprado la mayoría de sus libros, muchos de ellos hoy inencontrables y sin reeditar en castellano. Pero he de confesar que el Vonnegut hoy más popular, el de frases y aforismos, tan fáciles de difundir por el internete este, nunca me había llamado la atención. Prefiero cualquiera de sus novelas a sus Guampeteros, fomas y granfalunes. Por eso, aunque compré este librito cuando salió, no lo leí de inmediato, pues el texto de la solapa permite deducir que no es más que un batiburrillo de los últimos escritos del genio de Annápolis, una serie de relatos que aún no se habían reunido en forma de libro. Obras menores. En suma, los típicos retales que se publican después de la muerte de un gran escritor, y que compramos los fanáticos aun sabiendo que son perfectamente prescindibles.

Y no es así. No he tenido ganas de mirar las circunstancias en las que ha sido reunido el material para este libro, porque no siempre quiero saber quiénes son los reyes magos. Casi todos los relatos de este volumen responden a la misma premisa: las apariencias engañan. Las moscas no siempre tienen razón, aun siendo millones, y a todos no tiene por qué gustarnos, por ejemplo, la mierda que exhalan nuestros televisores. Y eso que, ay, Vonnegut no llegó sufrir la era de los realities.

El cretino no lo es tanto, y emplea su cartera de valores de una forma que termina por despertar la admiración de su corredor de bolsa. El agente del FBI en realidad es un orgulloso autor teatral. París no arregla el amor perdido. Y Annápolis es el centro del mundo, si no del universo, con el permiso de Trafalmadore. También incluye un cuento inacabado y un ensayo que me suena haberlo leído ya en otro sitio. Pero en general se puede decir que trata de lo que trata toda la obra de Vonnegut: la increíble capacidad que tiene el ser humano para ser un estúpido, o para aparentarlo. Casi nunca ambas cosas a la vez.

Tolkien en Mordor

JRR en el Somme, 1916.

 John Garth: Tolkien y la Gran Guerra: El origen de la Tierra Media , Traductores: Eduardo Segura Fernández, Martin Simonson, Daniel Royo. Editorial Minotauro, Biblioteca J. R. R. Tolkien. Cartoné, 510 pgs. 23,90 €. Edición dígital (sólo Epub) 12,99 €.

A comienzos del siglo XX en ambas islas del Reino Unido, Gran Bretaña e Irlanda, se desarrolló lo que podría denominarse “literatura feérica”, una moda que podría compararse a la actual con los zombies. Teatro, narraciones y poemas visitaban una y otra vez la tierra de las Hadas, interpretándola cada cual como le venía en gana. Sí, como ahora con los muertos vivientes, que son tontos, listos, corren, son lentos, se pasean… Los elfos, gnomos, trasgos y duendes podían ser pequeños, enormes, feos, angelicales o trasparentes según el gusto del autor.

Por entonces, en un internado no de los peores, un huérfano más bien alto y desgarbado fundaba con otros amigos un club semisecreto, el TCBS (Tea Club and Barrovian Society). El nombre, en realidad, no es irónico; es un club de té porque es lo que beben, de esa forma compulsiva que sólo saben hacer los ingleses. Y es Barroviano porque a veces lo hacen en la tetería que está situada en las Barrow’s Stores, lo que hoy equivaldría al centro comercial más próximo al colegio.

El colmo de su rebeldía reside en que a veces lo hacen con un infiernillo, en la biblioteca. Unos jóvenes irresponsables. Unos punkis, que también juegan al rugby, y que dominan varias de las actividades extraescolares, como el club de debate o el aula de teatro, que permitirá que lleguen hasta nosotros fotos de estos jóvenes más bien sosos ataviados con túnicas. Representan obras de Aristófanes, en el griego ático original.

Siendo miembros de una de las sociedades más avanzadas de entonces, renegaban de toda modernidad y maquinismo. Eran hispsters cien años antes de la invención del término, con sus gustos anticuados en literatura y arte (prerrafaelitas y neogóticos, también), y exactamente la misma ropa y la misma actitud vintage ante la vida y los aderezos capilares, con bigotes y patillas (el que podía). Todos tenían vocaciones vagamente literarias, si bien entendían que de eso difícilmente podía vivir un caballero, así que esperaban encontrar un puesto en la administración o en la universidad. Uno iba para pastor metodista.

En 1918 sólo dos de ellos seguían vivos. Christopher Luke Wiseman, y John Ronald Reuel Tolkien.

John Garth ha dedicado unas quinientas páginas y cinco años de sus vida a estudiar en detalle la vida y obra de Tolkien de 1913 a 1918, de los veintiún a los veintiséis años. En este tiempo se graduará en Oxford, se casará y tendrá su primer hijo. Pero también será oficial de transmisiones en varios destinos, sobre todo en el 11º de Fusileros de Lancashire, 25th Infantry Division,de julio a octubre de 1916, en una de las batallas más inútiles y peor planeadas de la primera guerra mundial, la ofensiva del Somme.

El trabajo de Garth es exhaustivo, cotejando las cartas de todos los protagonistas con la producción literaria de Tolkien (en sus primeras versiones, además de bastantes obras inéditas), con la historia militar y social de entonces. Se incluyen unos mapas detallados de la zona del Somme donde estuvieron Tolkien y otro miembro del TCBS, pero la verdad es que no dedica demasiado espacio a la actividad militar, y sí mucho a la literaria, como debe de ser. Este libro no se habría escrito si Tolkien hubiera muerto como sus condiscípulos en 1916. La Gran Guerra fue el fin del TCBS aunque los dos supervivientes eran “los grandes gemelos” a decir de los demás. Mientras Tolkien enseguida se casó y tuvo hijos Wiseman siguió soltero mucho tiempo, e imagino (Garth no lo hace) que cada contacto entre ambos supondría recordar a los camaradas muertos.

Pero este no es un libro de historia militar, sino literaria. La traducción se adivina exquisita, aunque usa términos como “pioneros” y “señaleros.” Supongo que es una batalla perdida, como las “fuentes” tipográficas y las “librerías” de Mac OS. Y por lo menos entonces sí se utilizaban todo tipo de señales para comunicarse. Aunque Tolkien llegó a usar los primeros modelos de Fullerphone, la decisión de formarse como oficial de signals tuvo más que ver con su gusto por la creación de códigos y lenguajes secretos, que no por afán tecnológico, en un momento en que las palomas mensajeras eran más fiables que la radio. También era más fácil sobrevivir si estabas a cargo de las comunicaciones y no liderando una patrulla en tierra de nadie. En este conflicto los jóvenes universitarios, candidatos automáticos a los puestos más bajos de entre los oficiales, se convirtieron en el colectivo de mayor mortandad de la guerra.

El “ejército de camaradas”, con unidades reclutadas entre vecinos de la misma localidad, marcha hacia la batalla. Confiando  en la letalidad de la artillería, se les ordenó avanzar hacia las trincheras enemigas tal y como se ven aquí, de día y con una carga media de unos 30 kg. Imagen del documental “La batalla del Somme,” estrenado en 1916.   

El 28 de octubre de 1916, justo cuatro meses después de su incorporación, dejó el 19º de Lancashire por un hospital de campaña, aquejado de lo que ahora se llama “fiebre de trinchera” pero que entonces se diagnosticaba como “pirexia de origen desconocido”, una enfermedad que le alejó de primera línea para el resto de la guerra, con destinos, entre sus recaídas, en las defensas del Reino Unido.

La Gran Guerra fue en muchos sentidos el fin de la inocencia, del romanticismo en la batalla. El coraje y la gallardía no servían de nada ante una ametralladora. Fue también el final de la “literatura feérica,” de la fantasía entendida como evasión, para transformarse en un más prosaico espiritismo, que permitía la comunicación con los muertos. Aunque no fue de forma tan inmediata. Robert Graves ya lo apunta en sus poemas de Hadas y fusileros (1918) pero Conan Doyle sigue defendiendo la autenticidad de las fotos de las hadas de Cottingley en 1922. Garth apunta a que son tan hijos de las trincheras Adiós a todo eso (1929) de Graves, o los poemas de Owen, como El libro de los cuentos perdidos o El Silmarillion, y tiene razón. Los críticos ingleses no dejan de repetir que Ypres y el Somme mataron para siempre la literatura épica, pero otros países que sufrieron bastante más sus consecuencias no dejaron de tener sus Ernst Jünger o Roger Vercel.

Respecto a la prehistoria creativa de Tolkien, el análisis de Garth resulta muy esclarecedor, sobre todo por su acceso a fuentes hasta ahora no consultadas, tanto de Tolkien como de su entorno. En todo momento se oscila entre el reconocer la marcada individualidad del autor, que por algo ha llegado a ser algo más que un poeta menor y un filólogo de Oxford, y el que no era un marciano, sino hijo de su tiempo. Pocos oficiales ingleses partieron a Francia con ejemplares de William Morris o de los Mabigonion en sus petates; pero simplemente porque entre sus iguales fueron mucho más populares Shakespeare, Milton, la Odisea o la Eneida.

En definitiva, un gran trabajo, aunque sólo para los más fanáticos en Tolkien o de la literatura fantástica inglesa de principio de siglo. Y no basta con haberse leído un par de veces El señor de los Anillos… más bien hay que estar versado en el Silmarillion y otras obras anteriores, ya que The Lord…, aunque bebe en su mitología, es más “segunda guerra” que primera. Ahí lo dejo.

Sorprende por ejemplo las muchas citas que se hacen a H. Rider HaggardBarrie, Carroll, Owen, Sasoon o Graves, y que no mencione a MacDonald o a Lord Dunsany, autores a los que ya había leído, no como por ejemplo a David Lindsay, que comenzó a publicar en 1920. Pero es lo que tiene este libro: un marco limitado a apenas cinco años, un periodo que biógrafos como Grotta o Carpenter despacharon en veinte páginas. Claro que sus biografías no llegan a las trescientas, y este libro, con notas, pasa de quinientas.

Como ya empieza a ser una coletilla por aquí: Sólo para gourmets

Fumando Lucky Strike al volante de un Buick

Entrevista a Antonio Manzanera, autor de La suave superficie de la culata y de El informe Müller

-¿A qué genero corresponde más La suave superficie de la culata? ¿O consideras que etiquetas como novela negra, histórica, thriller… sólo son útiles para distribuir en secciones una librería?
En mi opinión, como lector, el género es útil únicamente como medida de orientación. A partir de ahí el libro tiene una promesa que cumple o no, en función de cómo sea la historia y cómo esté escrita. “La suave superficie de la culata” es, ante todo, una novela sobre la mafia. Ahí no hay engaño posible. Se mezcla en ella una trama de intriga por un asesinato aparentemente sin resolver, y una operación de servicios de inteligencia para matar a Fidel Castro. Es cierto que buena parte de los hechos que ocurren en el trasfondo del libro son reales, aunque no por ello la calificaría como “histórica”. Lo que sí pretendo es que lo que cuento sea creíble, y de ahí mi obsesión por la precisión histórica de los personajes, lugares y hechos que transcurren en cada una de las escenas.
-¿Qué va antes, la documentación o la idea? ¿Pasión por una época, o por contar historias en cierto modo universales? Porque no negarás que temas como el crimen organizado, el blanqueo de dinero o la mafia son tan actuales ahora como en 1963.
Antes va la idea, luego la documentación, y luego se vuelve a la idea para hacerla encajar en aquel momento. Eso es al menos lo que yo hago. Quise escribir una historia que explicase cómo funciona el crimen organizado y, buscando la mejor época para ubicar la trama, encontré la Administración Kennedy a principios de los 60. Un periodo histórico en la que la mafia, los servicios de inteligencia y la alta política se mezclaron como el café y la leche. Sin duda, son temáticas actuales, aunque los tiempos han cambiado mucho.
-¿Kennedy, mito o excusa? 
Yo sostengo la opinión, compartida por muchos otros como recientemente Inocencio Arias en un artículo en El Mundo, que JFK fue un personaje muy sobrevalorado debido, posiblemente, a su trágico final. Su mandato no fue especialmente brillante, como demuestran los sondeos de popularidad a la baja (dos meses antes de morir tocó su mínimo histórico). Y por si esto fuera poco, gente como Oliver Stone se empeña en difundir camelos como que JFK pretendía retirar las tropas de Vietnam, cuando fue él quien las había aumentado. La realidad es que Kennedy, según los que le conocieron, fue un niño rico, caprichoso y consentido, cuya ambición por el poder sólo era comparable a su deseo por las mujeres hermosas. Con todo, es preciso reconocer que impulsó reformas sociales muy avanzadas para su época, y que supo manejar a la prensa como nadie. Amañó las elecciones pactando con el diablo y eso, entre otras cosas, acabó costándole la vida.
-Creo percibir por tus respuestas y por lo que te he leído, que la visión digamos romántica o “comprensiva” de la mafia, de Puzo, o más bien de Coppola, no te es muy simpática. ¿Algo que declarar? 
“El Padrino” ha hecho mucho daño a la percepción social del crimen organizado. Si bien las películas son grandes clásicos del cine, la visión que ofrecen de la mafia como un conjunto de hombres honorables que sólo matan si se les ataca primero es absolutamente falsa. La mafia italoamericana estaba (y está) integrada por hombres sin escrúpulos cuya única ley es la obediencia ciega al jefe. Ha habido tipos que para ser admitidos en una familia mafiosa no han dudado en asesinar a sangre fría a amigos que conocían desde la infancia.

¿Y personajes como los de la serie Los Soprano?

Los Soprano me parece una serie que retrata con mucha más fidelidad cómo funcionan en la actualidad estos grupos mafiosos. La mafia no perdona la traición, y algo de eso hay en “La suave superficie de la culata”.
-Aunque ya tienes unas tablas considerables en responder amablemente a entrevistadores ¿Hay alguna pregunta que aún no te hayan hecho, y que desees contestar?  
Sólo me queda dar las gracias por la atención y el interés. Es genial que los blogs y portales de internet especializados en novela abran cada vez más espacio a los jóvenes autores españoles. Para nosotros es complicado abrirnos camino en los medios de comunicación tradicionales, los cuales sólo están preocupados por unas audiencias que ya sabemos todos de dónde vienen. Sólo así se explican las apariciones editoriales de determinados fenómenos que consigue gran repercusión en medios, mientras que otros muchos autores con gran talento marchitan en el anonimato. 

Una de futuribles

Ya que editoriales especializadas publican ejercicios distópicos sobre Hitler triunfante (Destino ya publicó otro sobre Hitler victorioso) será conveniente reseñar que aún puede encontrarse de saldo (tres libros por diez euros, oiga) Franco. Una historia alternativa, (Editorial Minotauro, Barcelona 2006) sobre lo mismo pero desde una perspectiva patria. La recopilación estuvo a cargo de Julián Díez, que contó con una amplia variedad de autores españoles del género que colaboraron tanto con relatos ya publicados (el de Rafael Marín es de los inicios de su carrera) como con algunos inéditos.

Como sucede con este tipo de libros, hay de todo; la única ley que se cumple en este tipo de recopilaciones es que los relatos de los autores menos famosos suelen ser mejores que los de los consagrados, y poco más. Como apéndice cuenta con una bibliografía sobre las ucronías escritas en español (y en España) desde 1975, aunque no necesariamente centradas en el franquismo.

Alístate, conocerás gente, verás mundo…

Norman Lewis: Nápoles 1944: un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano (Naples 44: An Inteligence Officier in The Italian Labyrinth, 1978) RBA bolsillo, Barcelona 2008. 256 pgs. ISBN: 9788498671032

Un, para mí, curioso clásico de la llamada “literatura de viajes”, un género muy anglosajón que día a día gana más adeptos en nuestra lengua. Me da la impresión de que quienes más los consumimos somos precisamente los menos aventureros, los que cuando vamos de acampada nos acordamos más de llevar papel higiénico que no cuchillo de monte. Y es que leyendo a Chatwin, la verdad, no me entró ningún impulso irrefrenable por visitar la Patagonia argentina o la costa de los esclavos, ni Magris consiguió que suspirase por su Danubio, lo que no quita que disfrutase enormemente con su lectura, como con la de Burton o, por algo lo dejo en último lugar, por los de Manu Leguineche.

A los que se acerquen a este libro desde la perspectiva de “la piel” de Malaparte (ya sea la película o la novela) reconocerán de forma inmediata ese Nápoles anárquico y hambriento, decadente y vital, supersticioso y devoto. Pero con Lewis este Nápoles terrible y camorrista se vuelve tierno y sentimental, comprensivo y humano. Lewis, (un auténtico cachopán, segun su necrológica en The Guardian/Clarín) se muestra comprensivo con delincuentes y prostitutas, estafadores y rateros. En definitiva, con todos los que tienen suficientes recursos como para sobrevivir a la guerra y, sobre todo, a la posguerra. Lo que en Malaparte era sórdido y truculento, en Lewis es esperanza y vitalidad. Su espíritu, optimista y comprensivo, transforma anécdotas a primera vista escabrosas en cuadros llenos de ternura e incluso optimismo, pues demuestran cómo, a fin de cuentas, lo importante es seguir vivo, excepto cuando la apariencia de dignidad está en peligro. Toda su comprensión con los italianos se vuelve ácida crítica cuando habla de las autoridades de ocupación -de las que forma parte- y de su alianza con “los de siempre”, lo que hace que todo intento de llegar a algún resultado en algún tema importante (mercado negro a gran escala, enfermedades venéreas, etc.) sea imposible.
Se lee en un suspiro, pero no se olvida fácilmente.