Danzig y SS-Heimwehr Danzig, las tropas de una ciudad libre sin ejército.

Danzig y SS-Heimwehr Danzig, las tropas de una ciudad libre sin ejército.

Como prometí en el anterior podcast, de nuevo colaboro con Daniel CarAn y CasusBelli para hablar un poquito de Danzig, la supuesta Ciudad Libre que se entregó al partido nazi desde junio de 1933, y cuya supuesta “liberación” de sus opresores polacos fue el detonante de la Segunda Guerra Mundial.

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Puedes escucharlo aquí en directo, descargar el archivo para escucharlo donde y cuando quieras, o hacerlo en el canal de Ivoox de Casus Belli.

Para ilustrar su audición me he permitido añadir una serie de imágenes, aparte de las que ofrece CasusBelli en Pinterest.

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Podcast sobre Zelanda 1940, el primer éxito de las Waffen-SS

Los Podcast, radio bajo demanda, están triunfando en Internet, y TamboresLejanos no podía permanecer más tiempo al margen. En este pequeño podcast de, ejem, casi cuatro horas, resumo la primera parte de Zelanda 1940/1944 El bautismo de fuego de las Waffen-SS y la llave de Europa, con la ayuda de Daniel CarAn y del equipo de CasusBelli, a quienes estoy muy agradecido por la difusión que han dado de mis tesis, pese a la distancia y a las dificultades técnicas de la grabación. Se puede escuchar en directo en el reproductor que figura más abajo, o descargar el archivo para escucharlo donde y cuando quieras, o acudir directamente a Ivoox donde Casus Belli tiene su canal.

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En un mes ya acumula casi 20.000 descargas, y 300 Me Gusta. ¡Muchas gracias a todos!

Los desertores de Stalin. Cómo los soldados del ejército rojo terminaron colaborando con Hitler

Edele, Mark: Stalin’s Defectors: How Red Army Soldiers became Hitler’s Collaborators, 1941-1945. Oxford University Press, Oxford, 2017. 254 páginas 70 € (más o menos). Versión digital, 49 €,

Bonus pack: https://iremember.ru/en/

Cuando en 1998 Beevor publicó su libro sobre Stalingrado, una de las novedades que presentaba ante sus lectores era el enorme número de exprisioneros del ejército rojo que colaboraban, e incluso combatían con el ejército alemán. Otra de las tesis sostenidas mayoritariamente por entonces, gracias a la apertura de los archivos soviéticos, era que el ejército de la Unión Soviética, después de las enormes pérdidas de 1941, debidas a motivos puramente militares, se había convertido en un ejército fuertemente concienciado políticamente, con una enorme proporción de miembros del partido y de sus juventudes, y que gracias a su entusiasmo socialista había alcanzado la victoria.

Ambas afirmaciones no es que fueran contradictorias, sino que habrían más interrogantes de los que cerraban. ¿Por qué tomaron los alemanes al comienzo de Barbarroja a tantísimos prisioneros? ¿No se suponía que el ejército rojo, después de las purgas, estaba formado sólo por fanáticos estalinistas? ¿Por qué el NKVD seguía siendo tan enorme? ¿Cuántos se rendían sin disparar un solo tiro? ¿Cuántos cruzaban las líneas, desertando sin más? ¿Cuántos, de ambos colectivos, colaboraron con las fuerzas armadas alemanas? ¿Por qué motivos? ¿Cuántos, incluso, cogieron las armas contra sus antiguos compatriotas?
Las respuestas las proporciona en este librito Mark Edele, historiador alemán que desde la universidad de Australia Occidental lleva años desentrañando el alma soviética del siglo XX. El punto de partida lo pone en Ivan Kononov, un comandante de cosacos que se entregó con toda su unidad sin entrar en combate, y que tras varias peripecias colaborando con la Wehrmacht, y en la lucha antipartisana en Yugoslavia y norte de Italia, terminó en Australia, intentando hacerse útil ante el ejército australiano en la guerra fría.
Fuera de quienes se dejen llevar por sus anteojeras ideológicas, las conclusiones de Edele son sólidas y están perfectamente justificadas. No es imposible, pero sí muy improbable que aparezcan nuevas fuentes documentales sobre esta cuestión, pues si bien los archivos soviéticos en la práctica están cerrados a los extranjeros, Edele ha consultado en este caso las copias de los expedientes de los interrogatorios de los travniki y otros colaboracionistas que compró en su día el Us Holocaust Memorial Museum.  Eso sí, no busquen un análisis cuantitativo exhaustivo, pues llevaría décadas. No están todos los expedientes que guardan los soviéticos, pero sí miles de ellos, cada uno de ellos de decenas o centenares de páginas, escritas muchas veces a mano. Aparte están los interrogatorios realizados por los alemanes, abundantes a partir de marzo de 1942. El gran agujero es Barbarroja, pero en 1941 a la Wehrmacht le importaba poco que los prisioneros se hubieran rendido o hubieran desertado voluntariamente, estaba demasiado ocupada intentando ganar una Blitzkrieg, y la URSS el no perderla. Aunque algún mandamás del Abwehr o de la GFP hubiera querido saber el número exacto de prisioneros tomados en los primeros meses, y sus motivaciones, le habría resultado tremendamente difícil, aun contando con recursos suficientes, saber las motivaciones de los ivanes, pues casi el 80% se rindieron en embolsamientos sin disparar un sólo tiro. En 1941, por cada soldado soviético muerto en combate, había tres o cuatro que preferían rendirse. No sabían qué trato les darían los alemanes, pero sí lo que dejaban en la retaguardia.
Las conclusiones de Edele señalan que, incluso al final de la guerra, una minoría significativa de los prisioneros del frente del este eran desertores, que cruzaban voluntariamente las líneas enemigas. Establece un mínimo del dos por ciento, que pueden parecer pocos, pero incluso ese mínimo dos por ciento supone centenares de miles de hombres que tomaron voluntariamente la decisión de cruzar las líneas enemigas para entregarse en manos de los invasores de la madre patria, con un considerable riesgo para sus vidas. Otro millón y medio desertaron hacia el interior de la URSS, y fueron detenidos por los servicios de seguridad soviéticos. Unos 212.000 tuvieron más suerte y consiguieron ocultarse entre la población civil, y no fueron encontrados.
En comparación, en los ejércitos occidentales desertaban un 0,02 % de soldados, pero sólo hacia su segura retaguardia. En la práctica el Us Armysólo fusiló a un desgraciado por negarse a reincorporarse al frente, una historia bastante conmovedora que contó Maclean hace tiempo.
Como siempre, ver sólo los porcentajes puede resultar engañoso, pues cuando menos prisioneros se capturan, la proporción de los desertores aumenta, y sorprende comprobar, por ejemplo, que en la segunda mitad de 1944 nada menos que el diez por ciento de los prisioneros capturados por una Wehrmacht en retirada eran desertores.
Las tasas de rendición del ejército rojo lógicamente fueron disminuyendo, pero siempre fueron mayores que las del resto de contendientes. Consuelo para los sovietófilos: son semejantes a las de la primera guerra mundial. Hasta el mismo año de 1945 fue un problema importante, y la principal preocupación del NKVD. Pero igual que no todo el ejército soviético era un bloque motivado por el amor a la patria y al padrecito Stalin en la lucha contra el invasor fascista, los desertores no eran heroicos resistentes contra la barbarie comunista y los opresores nacionalistas rusos, sino que respondían a sus propios intereses. Como señaló un interrogador alemán en marzo 1942, si todo lo que contaban los desertores fuera cierto, hace tiempo que toda la URSS habría muerto de hambre y frío. Los desertores tendían a contar  lo que creían que querían oír los alemanes, a quienes poco interesaba el que les contasen su propia propaganda, y sólo buscaban información táctica útil.
No me alargo más, por no caer en spoilers. En definitiva, con el permiso de Reese, un interesantísimo estudio, fundamental para entender el frente principal de la segunda guerra mundial, y el fenómeno de los hiwis, que ante todo buscaron sobrevivir entre los dos estados totalitarios más poderosos que haya conocido el planeta. No lo tuvieron fácil. Más que héroes o traidores, fueron seres humanos atrapados entre dos enormes organizaciones sobre las que no sintieron ninguna lealtad, pues a su vez nunca sintieron que les importase su vida. Eran carne de cañón para ambos lados del frente. Complementar esta lectura con el tocho reciente de Thomas Kühne, o con el estudio del mismo Edele de la sociedad estalinista es voluntario, pero casi obligatorio para quien escribe estas líneas. Seguiremos informando.

La caída de Francia y la Blitzcosa, de Lloyd Clark

LLOYD CLARK: BLITZKRIEG. Mito y realidad en la guerra relámpago de Hitler: Francia, 1940. Editorial Pasado & Presente Barcelona 2017. (Atlantic Monthly Press, Nueva York 2016) Traducción de Gonzalo García. 474 pgs. Cartoné y sobrecubierta, 39 €

Doctrina,  doctrina, doctrina. El autor es uno de esos apasionados por la doctrina. Si alguien no lo ha pensado antes, no lo ha puesto por escrito y no ha desarrollado unos manuales y procedimientos,  los militares no saben que existe. Es casi justo lo contrario de Frieser, el gran desmitificador de la Blitzkrieg, allá por 1995. Se agradece en todo caso la introducción teórica, no exhaustiva pero sí significativa. Pero mantiene una de las omisiones más fragrantes de Frieser: Polonia. Que sí, que lo de invadir Austria aun sin pegar un sólo tiro fue muy importante a la hora de desplazar tantísimos vehiculos tantísima distancia, pese a que eran recibidos con flores y banderitas. Y ocupar los Sudetes y después Chequia también. Pero como siempre Polonia se despacha con dos líneas. Ese mes combatiendo contra un enemigo real parece que fue menos importante para el desarrollo de la Blitzcosa que las excursiones pacíficas a Viena y Praga.

Por lo demás, estamos ante una excelente y actualizada obra sobre la Blitzkrieg, digamos al estilo Beevor, que combina movimientos militares con testimonios de gente corriente que vivieron en la época. Claro que hay una diferencia inmensa con, por ejemplo, Cornelius Ryan, que pudo hablar con la mayoría de los protagonistas de sus libros, mientras ahora debemos conformarnos con el testimonio de los poquísimos que, simplemente, aún estaban vivos cuando los interrogó el autor, fundamentalmente por haber sido entonces muy jovencitos.

Se agradece la exposición bastante detallada de la doctrina francesa, y no sólo la descripción de las poderosas fuerzas alemanas. Digamos que cada país se preparó para una guerra distinta, pero una vez comenzados los tiros el ser metódico (y lento) no sirve de mucho cuando no sabes dónde está tu oponente, o lo rápido que se mueve. Aunque en las batallas de junio y en los fuertes de la Maginot los franceses demostraron que sabían combatir, era ya demasiado tarde como para conseguir algo más que retrasar algo la derrota.

Siendo el autor inglés, hay una constante voluntad exculpatoria de las responsabilidades de su nación en la derrota. Ah, y sus soldados son los únicos sobre los que cometen crímenes de guerra los despiadados Waffen-SS, sin que mencione para nada otros sucesos, ya que las víctimas no eran inglesas.

Que por supuesto, la derrota es fundamentalmente francesa, y que sí, que Francia y el Reino Unido eran muy débiles en 1937 y 1938… pero ¿y si lo comparamos con la Wehrmacht de entonces, que por ejemplo aún no tenía nada más potente en tierra que treinta Pzkpfw III? Tampoco dedica demasiado a la cuestión de la neutralidad belga, que por un lado motivó que aumentasen su gasto en defensa, pero por otro propició la pasividad aliada, pues no había más remedio entonces que esperar a la agresión alemana para operar en su territorio. ¿Una actitud más decidida del Reino Unido podía haber cambiado las cosas? Chi lo sa. 

En la descripción de las acciones bélicas sigue una buena mezcla de fuentes ‘antiguas’ (Lidell Hart, Churchill, Colville a fin de cuentas son primarias, pero no Horne o Williams),  con ‘nuevas’ como Doughty, Frieser, Citino, Robert Kershaw… Cielos, parece que ha sido Ediciones Salamina (antes Platea) quien ha patrocinado la realización de este libro, pues una buena cantidad de sus referencias las han traducido ellos…

El tratamiento de la famosa orden de detener a las divisiones blindadas ante Dunkerque, y dejar la labor únicamente en manos de la Luftwaffe es de lo más novedoso de esta obra, y permitan que no se lo destripe aquí. Digamos que no se trata sólo de quién firmó la orden, sino las discusiones y los motivos para hacerlo.

Las conclusiones son jugosas, aun sin ser revolucionarias. Los mandos franceses no eran irresponsables, incompetentes o necios; sobre todo, eran los elegidos por los políticos para el mando. Los alemanes ganaron más por cómo usaron los medios que tenían, que no por la calidad de los mismos. Aunque Clark no lo mencione, las tropas aliadas contaban con más medios de transporte y de combate motorizados y sobre orugas que no los alemanes, aparte del tópico de siempre de comparar cañones y corazas. Lo que sí resalta es la importancia de la logística alemana, que permitió que no se frenara el avance por falta de combustible o munición. Más que recordar la calidad y ventaja numérica de la Luftwaffe, Clark resalta sobre todo su impacto psicológico, mayor que el efectivo. Hacían más daños las trompetas de Jericó que no las bombas.

Vamos, que no está mal, pero no es un Bergström  (o un Frieser). Es más bien pues eso, un ‘Beevor’, también mucho más legible para quienes les aburren tanto movimiento de tropas. Pero claro, Bergström no cometería errores como escribir que la división de caballería alemana (sólo había una) estaba motorizada, o que la mitad de los carros de Rommel eran checos, y la otra mitad Pz III y IV.

La traducción y edición, excelentes, por fin una traducción sin “señaleros” mandando mensajes, o “pioneros” colocando puentes. En las notas se indican las ediciones que ha empleado el autor, pero en la bibliografía se han localizado los títulos traducidos al español, un trabajo que siempre es de agradecer, más aún cuando ninguno pertenece a esta editorial.

Este trabajo, por supuesto, tiene un precio. 478 páginas (incluyendo las de cortesía), por 39 euros. El Barbarroja de Bergström de la misma editorial, publicado el año pasado, también salió a 39 euros, aunque tiene 100 páginas más, 592. El de las Ardenas, de 800 páginas, en 2015… sí, también salió a 39 euros… Ahora está disponible en tapa blanda. Menos mal.

Aquí comprobando fuentes. Curioso, los diarios de Colville ¡están traducidos! No dejará de asombrarme la devoción churchilliana de los editores españoles.

Especial Reyes: esclavos británicos a 1,39 euros

Sean Longden: Hitler’s British Slaves 
1ª ed. en tapa dura: Arris Books,  2005. 304 páginas. ISBN-10: 1844370607. ISBN-13: 978-1844370603.
Versión Kindle: Constable, London,  agosto de 2012. Tamaño del archivo: 2274 KB.
Si yo fuera Sean Longden, habría marcado entre mis propósitos para año nuevo dos muy urgentes: Uno, enviar a mi agente otro retrato, en el que mis intentos de parecerme a Tadeo Jones Indiana Jones no hubieran terminado en algo tan daltónico y penoso. Dos, agradecerle el que hubiera incluido dos de mis libros entre las ofertas de navidades de Amazon para kindle.
Simultáneamente a las ofertas de las que hablábamos en la entrada anterior sobre los libros electrónicos en español para su lector digital,  con precios que van de 0,99 a 7,99 €, en inglés disponemos hasta el 7 de enero de otros 450 títulos. No sobrepasan en ningún caso los 1,99 €, aunque entre ellos se encuentren autores superventas como Ken Follet, Eric van Lustbader, Åsa Larsson, Dashiell Hammett o, ejem, Janet Hawking o Maria V. Snydery ya más cercano a la materia de este blog, las memorias de la duquesa de Windsor escritas por Diana Mosley, de soltera Mitford.
Otros títulos notables que supongo interesarán a los que visiten este blog son de Paul Preston, el de los comanches de S. C. Gwynne, el único libro de David Glantz traducido, el de Stuart Laylock que veremos pronto traducido, y bastantes más. No sé por qué pero me parece, que, abundan, los, títulosdetemáticaescocesa, (incluyendocielos, su, cocina). También hay muchos de historia y sobre la segunda guerra mundial, yo en concreto he comprado este sobre los prisioneros británicos (y de la Commenwealth) que rompe con la visión tópica sobre el trato que dio la Wehrmacht a los POW occidentales.
El punto de partida de Longden queda muy claro desde el principio.  La ficción (literatura, cine y TV) ha creado un estereotipo sobre los aguerridos anglosajones que caían en manos de estúpidos (Hogan’s Heroes) o decentes (The Great Escape) alemanes, y que como mucho puede ser válida para oficiales. Los suboficiales y la tropa soportaron otro tipo de trato y alojamientos. Aun sin llegar al abismo de la guerra del este, sus condiciones de vida estuvieron más cerca del que sufrieron los criminales alemanes en los campos de concentración de la preguerra, que de los internados para señoritos de películas como Colditz.

Trabajo, disciplina, ocio

Aunque el trabajo físico sí está contemplado en la Convención de Ginebra (recordemos el Puente sobre el río Kwai, y lo que pasa Alec Guinnes por negarse a que suden sus oficiales). también se estipula que deben contar con herramientas y alimentación adecuadas, que no deben utilizarse directamente en la industria bélica, y recibir algún salario. Todas estas condiciones, y algunas más, no se cumplieron en los Stalag donde unos 200.000 prisioneros británicos y de la Commenwealth pasaron hasta cuatro años de su vida.
Construido sobre los archivos británicos, informes de la Cruz Roja, y sobre todo a partir de entrevistas con veteranos, Longden no rehuye temas poco edificantes como la moral (bajísima hasta El Alamein), la ausencia de disciplina (muchos prisioneros del inicio de la guerra no llegaron a considerarse soldados; en muchos campos los suboficiales no se hacían o no podían hacerse respetar), las rivalidades internas (los capturados en Francia culpaban de la derrota a belgas, holandeses y franceses, los de Libia acusaban a los sudafricanos de la pérdida de Tobruk…) y sobre todo la falta de calefacción, higiene o comida. Sin más ropa o equipo del que que llevasen en el momento de su captura, el hambre hizo que algunos utilizasen sus botas como recipientes para recibir el rancho. Eso los que tenían el calzado en buen estado. Especialmente humillante y peligroso fue la total ausencia de instalaciones sanitarias, tanto en desplazamientos como en muchos campos, lo que se tradujo en mortales epidemias de tifus. La única institución que se salva de las críticas de los veteranos son los servicios médicos alemanes. En un principio compartían instalaciones soldados de ambos bandos y se les trataba sin distinciones, pero en cuanto su vida dejaba de correr peligro eran separados a sus propias salas de rehabilitación. Una vez entregados a las autoridades militares, la supervivencia dependía prácticamente de la llegada de los paquetes de la Cruz Roja… pensados como individuales, en la práctica se repartían por grupos. Especialmente valiosos eran los cigarrillos que, como en muchas prisiones, se convirtieron en la moneda de cambio. Tengamos en cuenta que el salario de los que, por ejemplo, trabajaban 12 horas seis días a la semana en una mina, apenas llegaba para comprar en la cantina un litro de cerveza. Y eso los que recibían algo de salario
Longden en ningún momento disimula al lector las humillaciones y bajezas que tuvieron que soportar los prisioneros para sobrevivir, aunque eso no implique que no interprete datos y busque explicaciones. En los formularios que rellenaron los liberados en la posguerra se repite una y otra vez el agradecimiento hacia suboficiales veteranos que hicieron todo lo posible para mantenerlos con vida, pero también de las suspicacias que despertaban sus privilegios y su trato con los guardianes.
En definitiva, un libro desmitificador pero no exento de historias de valor o humor, desde concursos de ventosidades patrocinados por la horrible dieta alimenticia, a testimonios de los que pasaron por Auschwitz, Dachau o  Buchenwald. Por este precio bien merece un lugar en nuestra nube o disco duro, y de hecho me ha motivado a gastar otro euro en su siguiente libro sobre Dunkerque, antes de que termine la oferta el día 7.

Rebajas en e-book

Para los  que tienen un kindle, o incluso otro lector de e-book (y ganas de convertir el formato y saltarse el DRM)… ahora mismo y hasta Reyes (se supone; no he encontrado una fecha concreta por ninguna parte) se pueden comprar más de 200 libros (concretamente 209) con descuentos, más o menos importantes. Hay muchísima novela histórica y algunos de historia a secas, sobre todo divulgativa. Entre muchos otros, podemos encontrar libros de Javier Cercas, Javier Negrete, Jesús Hernández e incluso, ejem, Pedro J. Ramírez, entre 0,99 y 1,99 € (y el libro de Pedro J tiene más de 1200 páginas)… También hay un montón de libros de Chaves Nogales, aunque no tan baratos, como puede verse en las capturas adjuntas.
Recordad también que antes de comprar un ejemplar se puede descargar un fragmento del libro, más o menos significativo según el editor, que ayude a decidir la compra. Y que sigue habiendo ofertas diarias en ocasiones muy interesantes, como el segundo tomo de las memorias de Alcalá Zamora (a 1,99 € el 7 de noviembre).
Para los que aún no tienen lector de e-book especializado, pero aún así les puede el afán de consumismo y la compra compulsiva de productos rebajados, recordad que en cualquier ordenador/teléfono/tableta se pueden instalar las aplicaciones de lectura de Amazon, donde leer, anotar y archivar en la nube los libros que compremos, aun no teniendo un Kindle.

Nuestro siglo

  • Günter Grass: Mi siglo 
  • Nº de páginas: 416 págs.
  • Editorial Alfaguara y Punto de Lectura (bolsillo) Madrid 2007 y ss. 416. pgs. 
  • ISBN: 9788466369237

Günter Grass tiene un valor (intelectual, aunque el físico también se le supone) que ya me gustaría a mí encontrar en algún literato (o intelectual, esa cosa tan francesa) de los de aquí. O de alguna otra parte. Y no me refiero a sus recientes declaraciones-poemas antiisraelíes, o proiraniés, o en definitiva antinucleares, que tanto gustan para llenar periódicos. Tampoco me refiero a su fría, y aún así sincera Pelando la cebolla, el único caso que yo conozco de una autobiografía interesante, y además de gran calidad literaria. Me refiero a la decisión de publicar libros como este Mi siglo, con un relato por cada año del siglo XX, además sin ningún tipo de aviso o introducción histórica. Al parecer, se la pidieron incluso para la edición en su idioma, así que imagínense para otras lenguas y países para los que la historia alemana no es ni cotidiana ni conocida, fuera de las guerras mundiales.

El bueno de Gunter Grass es famoso sobre todo por sus enormes novelones ¿Y cómo se desenvuelve en las distancias cortas? Porque este libro está formado por relatos de muy pocas páginas, con personajes clave -o no- de ese año, lo mismo una gran empresaria que el más humilde recluta, famosos involuntarios, como la Gran Berta, o la propia madre del autor, capaz de regañarle por lo que también regañan las madres de todo el mundo. Ser capaz de emprender una nueva aventura narrativa cada pocas páginas, mientras abandona la anterior -excepto algún guiño interno- es  un ejercicio magistral del que sólo son capaces inmensos narradores natos como Grass, y eso sólo cuando ya están creciditos. Y no, no sale Merkel, así que un motivo más para que no dé repelús consumir productos alemanes, con la que nos está cayendo…