Las rebajas del verano

Este año parece que no hay demasiados saldos en libros de esta temática, aunque también es cierto que no he tenido tiempo aún de visitar ninguna gran cadena de grandes almacenes…
De momento, siguen los saldos de varios títulos de “La máquina y la historia” de Quirón ediciones (sobre artillería, aviación y carros de combate en la guerra civil española, supongo que superados por el super tocho de La Esfera, y “Varsovia, 1944” de NormanDavies, publicado por Planeta en 2005 y saldado este verano.

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Simplemente Vecinos

Gross, Jan Tomasz : Vecinos. El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne, Polonia. (Neighbors. The Destruction of Jewish Community of Jedwabne, Poland, 2001. Traducción de Teófilo de Lozoya). Editorial Crítica, Colección Memoria/Crítica
Barcelona 2002. 256 pgs. 15,5 x 23 cm, Tapa Dura
ISBN 84-8432-325-0
Esta reseña del libro de Gross la tenía “en reserva” hace tiempo. La recupero porque estoy con la lectura de “Varsovia, 1944” de Davies, y me está dejando a cuadros, y eso que ya lo recomendaba la lumbrera de Vidal…
Tal y como indica el subtítulo, “Vecinos” trata de la masacre de Jedawbne, una pequeña aldea polaca cerca de la Prusia Oriental, donde la mitad polaco-católica de sus 3000 habitantes masacró con palos, piedras y otras armas de fortuna a la otra mitad polaco-judía, ante la estupefacción de los escasos alemanes presentes.
Esta comarca de Polonia pertenecía a la mitad ocupada por los soviéticos de septiembre de 1940 a julio de 1941; Los sucesos tuvieron su precedente nada más ser ocupado el pueblo por los alemanes en “Barbarroja“, con el asesinato de dos familias judías. Los polacos recibieron a los alemanes como libertadores, con arco triunfal y todo. A finales de mes, los escasos policías alemanes presentes autorizaron a la comunidad polaca, con su alcalde a la cabeza, a realizar un “pogrom”, pero no se esperaban que éste terminara con la muerte de todos los judíos del pueblo, a excepción de los que tenían en la cárcel los alemanes (que terminaron en Auschwitz, aunque alguno sobrevivió), y los que protegió una familia polaca.
La “justificación” de esta barbarie fue que los judíos habían colaborado con los soviéticos; en un típico caso de desplazamiento psicológico, el recibimiento que los polacos dieron a los alemanes se dijo que lo habían tributado los judíos a los rusos en 1939… algo completamente falso, tanto en este pueblo como en toda la Polonia oriental, como demuestra Gross. En el pueblo había polacos comunistas que también fueron purgados nada más tomado el lugar, pero en esas fechas los alemanes no se esperaban tamaña reacción de los campesinos polacos.
Poquísimos judíos del pueblo eran hasidim, y en nada se diferenciaban por riqueza o trabajo de sus vecinos. Las relaciones entre ambas comunidades eran excelentes durante los años anteriores, como atestigua, aparte de documentalmente, un rabino neoyorquino que en su infancia en los años 20 fue compañero de juegos de varios de los verdugos…
El autor confiesa que no encuentra una explicación. No tiene la “soberbia” (entre comillas, ahora no se me ocurre un adjetivo más adecuado) de Goldhagen de ser capaz de encontrar la “piedra filosofal” que explique cómo medio pueblo torturó, humilló y terminó matando con los métodos más crueles a su alcance a la otra mitad. Eso sí, apunta muchas pistas, entre ellas tres que normalmente se olvidan a la hora de intentar comprender cómo gente corriente, no jóvenes nazis con el cerebro lavado, no inhumanos SS especialmente adiestrados, fueron capaces de realizar semejante barbarie.
Primero, el antisemitismo tradicional católico de Polonia, y especialmente el de la “Nueva Polonia” de Pilsudski. Los últimos “pogroms” en lo que después fue Polonia no tiene unos antecedentes tan lejanos, 1916, y el anterior en 1856… Pero incluso entonces el estado ruso zarista no era tan profundamente antisemita como el nazi. Había unos autoridades a las que recurrir, a las que sobornar para que procurasen que reinase el orden y que contuvieran a los fanáticos. También hay que tener en cuenta que estamos hablando de una zona rural de las más atrasadas de Polonia, siempre a caballo entre Prusia y Rusia.
Segundo, la codicia. No es que los judíos fueran más ricos que los polacos, pero para los ejecutores suponía doblar sus pertenencias. Varios de los procesados en 1947 reconocieron que habían ocupado casas de judíos “porque estaban abandonadas”, un matrimonio en concreto tuvo la desfachatez de decir que el hijo de los muertos les había pedido que vivieran con él, porque la casa era muy grande y tenía miedo… En 1943, el alcalde fue arrestado por los alemanes por no haber repartido con ellos el botín.
Tercero, la descomposición del orden normal de convivencia, la impunidad que representaba la permisividad alemana, mayor que la que podía haber supuesto el zar más antisemita. La zona había conocido cuatro guerras y varias ocupaciones: 1914-18, 1920-21, 1939, 1941. Guerrilleros polacos habían actuado en la zona durante los 20 meses de la ocupación soviética, y siguieron actuando después contra la ocupación rusa de 1945 hasta fechas tan tardías como 1957. En este contexto, el que unos vecinos no especialmente antisemitas decidieran culpar a medio pueblo de todas las guerras y desastres, para de paso quedarse con tierras y casas no resultan tan terriblemente extrañas para el resto del género humano.
Este libro se publicó primero en Polonia, en el 2000, y generó una gran polémica, ya que fue el caso más grave, pero no el único, que se dio en el verano de 1941. Todavía hubo pogroms en la Polonia de 1946 y 47, víctimas tanto de un antisemitismo medieval como del estupor de ver a judíos intentar regresar a unas casas que sus vecinos ya daban como definitivamente abandonadas.

Las aventuras del abuelo Cebolleta, y el mito de l…

Las aventuras del abuelo Cebolleta, y el mito de la errata eterna (II)

Para no alargarme eternamente, “a las cabañas subí, a los palacios baje”… las erratas son eternas pero, ciertamente, hay sistemas para reducirlas al mínimo posible.
Uno de los mayores problemas, de siempre, está en que “los de letras” nunca se llevan bien con las máquinas. Es más, a poco que seas capaz de saber si un documento cabe o no en un disquete, ya eres “el informático”, y eso es muy, muy malo, porque va contra todos los tabúes de la tribu.
Por centrarme sólo en el aspecto editorial de libros, el tamaño de la empresa importa, y mucho. Primero porque las grandes no ahorran en lo que es más barato, los correctores, pero sobre todo porque hay “compañeros” capaces de leerse libros que no son suyos para en alguna reunión soltar, como quien no quiere la cosa “por cierto, el otro día en el libro de Pepito encontré una errata de lo más graciosa…”.
Las pequeñas son otro mundo, marcado sobre todo porque el dueño de todo el cotarro está mucho más presente e, incluso, a veces hasta trabaja de forma “manual”, es decir, intenta estar en todos los detalles. Pero no conozco a uno solo que no dependa de su experiencia anterior a la hora de organizar su empresa, y lo normal es que no haya sido en producción. Aún peor, sí tiene experiencia en la creación técnica de un libro, sabe lo que es una imprenta, maneja un teclado con más de dos dedos. Entonces aún es peor, porque se habrá quedado anclado en lo que aprendió en su juventud, y aunque apruebe algún nuevo método moderno, al final si algo ha ido mal la culpa será de “los ordenadores”…
El mejor escenario posible: Que el editor, (es decir, el responsable de la edición, de empleado mileurista a empresario) no tenga ni zorra idea de la materia que trata el libro. Contratará al traductor más caro. Lo leerá cincuenta veces, pagará los asesores necesarios, moverá Roma con Santiago y lo comprobará todo las veces que haga falta.
El peor: el editor cree que entiende; como sabe la diferencia entre “romanas” y “egipcias”, le encanta esto moderno de poder emplear a la vez cincuenta tipos de letra. Como los programas tienen corrector ortográfico, los libros se corrigen solos, y si no contrata a ese sobrino que le ha salido gafotas. Cuando ve problemas, se va al extremo contrario y contacta con la empresa de preimpresión (perdón, la “fotomecánica”, cuando no la “fotocomposición” o, más sencillamente, el “taller“) más grande que encuentra, sin importarle convertirse en su cliente más pequeño.
Otro problema está cuando un saber no se reconoce como “especializado”, como pasa con la historia militar en la colección de CríticaMemoria Crítica”. Si alguien encontrase una errata en alguno de sus libros de ensayo “serio” rodarían cabezas. Pero si es de batallitas ni se enteran.
Por el contrario, cuando sí se considera como un ámbito especializado (como la colección Grandes Batallas, de Ariel) resulta más difícil encontrar errores. Lo gracioso del asunto es que ambas editoriales son de un tamaño respetable, y pertenecen al mismo grupo.
Todos los editores (empleados ascendidos, o empresarios emprendedores) han cometido errores en sus primeros libros. (por no decir: todos los humanos solemos equivocarnos la primera vez que hacemos algo). Curiosamente los que vienen de un ámbito más amateur (libreros, escritores, inversores…) sólo se equivocan una vez, y aprenden en seguida de sus errores. Los demás insisten una y otra vez en los mismos hábitos de trabajo porque claro, son más “profesionales”, y se fían más de “su ojo” y de “su gente” cuando le dicen que se fue la luz, y que por eso la mitad de las correcciones se quedaron “en el tintero”. Algunos pensarán que un libro puede tenerse en preparación todo el tiempo que haga falta, no es un diario o una revista con horas fijas de entrega; pero las editoriales también se deben a sus planes de producción. El cierre en un diario es tema de unas horas, el de un semanario uno o dos días, pero las editoriales se rigen por planes anuales y el “cierre” suele durar dos-tres meses, en los que algún título termina saliendo a trancas y barrancas. Todo esto no tiene que ver nada con el precio final del libro, a no ser que la editorial sea muy, muy pequeñita, pero eso ya lo dejamos para otro día.