La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán

Manuel Alberca: La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán Tusquets Editores: Colección Tiempo de Memoria. Número de páginas: 776.  Barcelona 2015. Encuadernación: tapa blandísima, eso sí, con solapas, y con el lomo bien pegado.
ISBN: 9788490660720.

Siguiendo las corrientes de moda del pensamiento actual, tenemos nueva biografía desmitificadora de otra de las grandes figuras del pasado. Después de la de Gregorio Morán sobre Ortega, de que González Cuevas consiguiera que nos diera pena el inaguantable Maeztu, o de que Gil Bera destrozase la imagen de ancianito entrañable de Baroja, ahora le toca a Valle-Inclán, posiblemente más famoso y a la vez menos leído (sobre todo actualmente) que todos los anteriores.

Una buena biografía debería ser, ante todo, una herramienta para comprender mejor las acciones del biografiado que de verdad importan; en el caso de escritores, su obra. Este propósito Alberca lo cumple apenas. En contraste con las biografías de Lorca de Gibson, la de Borges de Williamson o la de Kafka de Hayman, la obra de Valle-Inclán se asoma poco entre las páginas de Alberca, sólo lo imprescindible. Consuelémonos señalando que, de todas formas, el elemento autobiográfico tiene poca importancia para ValleAlberca, como Bera con Baroja, pero con menos saña, se esfuerza en desmontar la leyenda de su vida, esa imagen creada con tanto mimo por el autor y sus contemporáneos acerca de la pobreza y la bohemia del Madrid literario de principio de siglo. El demoledor Albercanos revela, inmisericorde, que todo era una pose. Inclán era un señorito de provincias, al que nunca faltó no ya lo suficiente para vivir, sino para vivir bien, y casi desde el principio mantuvo en Madrid un criado a su servicio, Paralelamente a su carrera literaria tuvo una de empresario teatral y de editor de sus propias obras en la que no le fue tan mal, aunque no tanto como le habría gustado. Famoso casi antes de publicar nada gracias a su vestimenta y sus extravagancias capilares, Valle siempre ha sido más famoso que leído. Ni las ventas de sus libros ni las entradas de sus obras colmaron nunca sus expectativas, y en ocasiones ofreció en remate los últimos ejemplares de sus primeras ediciones, que ahora valen potosí y medio. Pese a que su carlismo era mucho más que una pose, recibió tanto de la monarquía alfonsina como de la república todo tipo de momios y carguetes, que le permitieron vivir quizá no con la displicencia de un marqués, pero sí con la holgura de un notario. En cuanto a su dimensión amorosa, Alberca prefiere considerar injustificados los celos de su mujer antes que meterse en berenjenales difíciles de dilucidar. Las cuentas con las librerías, con los teatros, los contratos de alquiler y de compra dejan rastros documentales,  Las posibles infidelidades de Valle, o las justificaciones de las excesivas suspicacias de doña Josefina no lo han hecho.

Ramón José Simón Valle Peña a los 28 años, en 1894.
Del libro de Dianella Gambini La Sonata de Primavera  de Valle-Inclán

¿Por qué leemos biografías de escritores? ¿Por qué no nos basta con sus obras? ¿A qué ese afán en meternos en su vida privada? La respuesta a ese enigma supongo que se encuentra en las cifras de audiencia de Tele5. Como animales sociales tenemos la necesidad de agruparnos y separarnos, para tirarnos besos o coprolitos. Todos conocemos a quien no lee a Borges por alguna anécdota antipática, o porque le cae mal María Kodama. O a García Márquez  o a Vargas Llosa por sus ideas políticas. O por su actual pareja. Para un prócer que no se lía con una jovencita…

Vallle-Inclan en 1911. Wikimedia Commons.

Lo cierto es que la belleza de las Sonatas no estriba en que sea cierto o impostado lo que cuentan, y la grandeza de Max Estrella no reside en su contraste con el Sawa auténtico, o con la billetera de Valle. Nos escandalizamos por el rechazo de los respetables burgueses a Rimbaud o Verlaine, por el juicio por inmoralidad al Ulises de Joyce, pero ¿quién lee o representa hoy a Alfonso Sastre, o se toma en serio a Arrabal? 

La biografía de Baroja por Gil Bera fue ampliamente rechazada y ninguneada por los barojianos de pro. (Sí, la compré de saldo). Esta de Valle, menos desmitificadora, parece que sí es aceptada, aunque no demasiado, por los admiradores del manco gallego, quizás porque es muy semejante a la que ha escrito Joaquín Valle-Inclan, nieto del escritor, que parece que llega a las mismas conclusiones. Lo cierto es que no  hace falta ninguna de las dos para seguir disfrutando de su obra. Esta reseña, por cierto, me pilla a medias de la lectura de Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada, un autor cuya imagen pública siempre me había provocado rechazo, y ante cuya obra no puedo por menos que quitarme el sombrero y realizar una amplia reverencia.

Valle-Inclán se merece algo más que esta o cien nuevas biografías. Se merece que volvamos a leer sus Sonatas, en una nueva edición exquisita e ilustrada, o que nos olvidemos por unos instantes de los vídeos de gatitos y recordemos que muchas de sus obras están a nuestra disposición en internet,  y que podemos ver, por ejemplo, su trilogía militar-esperpéntica Martes de Carnavalgrabada en 2009,  con un simple golpe de clic.

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