Tolkien en Mordor

JRR en el Somme, 1916.

 John Garth: Tolkien y la Gran Guerra: El origen de la Tierra Media , Traductores: Eduardo Segura Fernández, Martin Simonson, Daniel Royo. Editorial Minotauro, Biblioteca J. R. R. Tolkien. Cartoné, 510 pgs. 23,90 €. Edición dígital (sólo Epub) 12,99 €.

A comienzos del siglo XX en ambas islas del Reino Unido, Gran Bretaña e Irlanda, se desarrolló lo que podría denominarse “literatura feérica”, una moda que podría compararse a la actual con los zombies. Teatro, narraciones y poemas visitaban una y otra vez la tierra de las Hadas, interpretándola cada cual como le venía en gana. Sí, como ahora con los muertos vivientes, que son tontos, listos, corren, son lentos, se pasean… Los elfos, gnomos, trasgos y duendes podían ser pequeños, enormes, feos, angelicales o trasparentes según el gusto del autor.

Por entonces, en un internado no de los peores, un huérfano más bien alto y desgarbado fundaba con otros amigos un club semisecreto, el TCBS (Tea Club and Barrovian Society). El nombre, en realidad, no es irónico; es un club de té porque es lo que beben, de esa forma compulsiva que sólo saben hacer los ingleses. Y es Barroviano porque a veces lo hacen en la tetería que está situada en las Barrow’s Stores, lo que hoy equivaldría al centro comercial más próximo al colegio.

El colmo de su rebeldía reside en que a veces lo hacen con un infiernillo, en la biblioteca. Unos jóvenes irresponsables. Unos punkis, que también juegan al rugby, y que dominan varias de las actividades extraescolares, como el club de debate o el aula de teatro, que permitirá que lleguen hasta nosotros fotos de estos jóvenes más bien sosos ataviados con túnicas. Representan obras de Aristófanes, en el griego ático original.

Siendo miembros de una de las sociedades más avanzadas de entonces, renegaban de toda modernidad y maquinismo. Eran hispsters cien años antes de la invención del término, con sus gustos anticuados en literatura y arte (prerrafaelitas y neogóticos, también), y exactamente la misma ropa y la misma actitud vintage ante la vida y los aderezos capilares, con bigotes y patillas (el que podía). Todos tenían vocaciones vagamente literarias, si bien entendían que de eso difícilmente podía vivir un caballero, así que esperaban encontrar un puesto en la administración o en la universidad. Uno iba para pastor metodista.

En 1918 sólo dos de ellos seguían vivos. Christopher Luke Wiseman, y John Ronald Reuel Tolkien.

John Garth ha dedicado unas quinientas páginas y cinco años de sus vida a estudiar en detalle la vida y obra de Tolkien de 1913 a 1918, de los veintiún a los veintiséis años. En este tiempo se graduará en Oxford, se casará y tendrá su primer hijo. Pero también será oficial de transmisiones en varios destinos, sobre todo en el 11º de Fusileros de Lancashire, 25th Infantry Division,de julio a octubre de 1916, en una de las batallas más inútiles y peor planeadas de la primera guerra mundial, la ofensiva del Somme.

El trabajo de Garth es exhaustivo, cotejando las cartas de todos los protagonistas con la producción literaria de Tolkien (en sus primeras versiones, además de bastantes obras inéditas), con la historia militar y social de entonces. Se incluyen unos mapas detallados de la zona del Somme donde estuvieron Tolkien y otro miembro del TCBS, pero la verdad es que no dedica demasiado espacio a la actividad militar, y sí mucho a la literaria, como debe de ser. Este libro no se habría escrito si Tolkien hubiera muerto como sus condiscípulos en 1916. La Gran Guerra fue el fin del TCBS aunque los dos supervivientes eran “los grandes gemelos” a decir de los demás. Mientras Tolkien enseguida se casó y tuvo hijos Wiseman siguió soltero mucho tiempo, e imagino (Garth no lo hace) que cada contacto entre ambos supondría recordar a los camaradas muertos.

Pero este no es un libro de historia militar, sino literaria. La traducción se adivina exquisita, aunque usa términos como “pioneros” y “señaleros.” Supongo que es una batalla perdida, como las “fuentes” tipográficas y las “librerías” de Mac OS. Y por lo menos entonces sí se utilizaban todo tipo de señales para comunicarse. Aunque Tolkien llegó a usar los primeros modelos de Fullerphone, la decisión de formarse como oficial de signals tuvo más que ver con su gusto por la creación de códigos y lenguajes secretos, que no por afán tecnológico, en un momento en que las palomas mensajeras eran más fiables que la radio. También era más fácil sobrevivir si estabas a cargo de las comunicaciones y no liderando una patrulla en tierra de nadie. En este conflicto los jóvenes universitarios, candidatos automáticos a los puestos más bajos de entre los oficiales, se convirtieron en el colectivo de mayor mortandad de la guerra.

El “ejército de camaradas”, con unidades reclutadas entre vecinos de la misma localidad, marcha hacia la batalla. Confiando  en la letalidad de la artillería, se les ordenó avanzar hacia las trincheras enemigas tal y como se ven aquí, de día y con una carga media de unos 30 kg. Imagen del documental “La batalla del Somme,” estrenado en 1916.   

El 28 de octubre de 1916, justo cuatro meses después de su incorporación, dejó el 19º de Lancashire por un hospital de campaña, aquejado de lo que ahora se llama “fiebre de trinchera” pero que entonces se diagnosticaba como “pirexia de origen desconocido”, una enfermedad que le alejó de primera línea para el resto de la guerra, con destinos, entre sus recaídas, en las defensas del Reino Unido.

La Gran Guerra fue en muchos sentidos el fin de la inocencia, del romanticismo en la batalla. El coraje y la gallardía no servían de nada ante una ametralladora. Fue también el final de la “literatura feérica,” de la fantasía entendida como evasión, para transformarse en un más prosaico espiritismo, que permitía la comunicación con los muertos. Aunque no fue de forma tan inmediata. Robert Graves ya lo apunta en sus poemas de Hadas y fusileros (1918) pero Conan Doyle sigue defendiendo la autenticidad de las fotos de las hadas de Cottingley en 1922. Garth apunta a que son tan hijos de las trincheras Adiós a todo eso (1929) de Graves, o los poemas de Owen, como El libro de los cuentos perdidos o El Silmarillion, y tiene razón. Los críticos ingleses no dejan de repetir que Ypres y el Somme mataron para siempre la literatura épica, pero otros países que sufrieron bastante más sus consecuencias no dejaron de tener sus Ernst Jünger o Roger Vercel.

Respecto a la prehistoria creativa de Tolkien, el análisis de Garth resulta muy esclarecedor, sobre todo por su acceso a fuentes hasta ahora no consultadas, tanto de Tolkien como de su entorno. En todo momento se oscila entre el reconocer la marcada individualidad del autor, que por algo ha llegado a ser algo más que un poeta menor y un filólogo de Oxford, y el que no era un marciano, sino hijo de su tiempo. Pocos oficiales ingleses partieron a Francia con ejemplares de William Morris o de los Mabigonion en sus petates; pero simplemente porque entre sus iguales fueron mucho más populares Shakespeare, Milton, la Odisea o la Eneida.

En definitiva, un gran trabajo, aunque sólo para los más fanáticos en Tolkien o de la literatura fantástica inglesa de principio de siglo. Y no basta con haberse leído un par de veces El señor de los Anillos… más bien hay que estar versado en el Silmarillion y otras obras anteriores, ya que The Lord…, aunque bebe en su mitología, es más “segunda guerra” que primera. Ahí lo dejo.

Sorprende por ejemplo las muchas citas que se hacen a H. Rider HaggardBarrie, Carroll, Owen, Sasoon o Graves, y que no mencione a MacDonald o a Lord Dunsany, autores a los que ya había leído, no como por ejemplo a David Lindsay, que comenzó a publicar en 1920. Pero es lo que tiene este libro: un marco limitado a apenas cinco años, un periodo que biógrafos como Grotta o Carpenter despacharon en veinte páginas. Claro que sus biografías no llegan a las trescientas, y este libro, con notas, pasa de quinientas.

Como ya empieza a ser una coletilla por aquí: Sólo para gourmets

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15 comentarios en “Tolkien en Mordor

  1. Soy Eduardo Segura, traductor principal del libro y responsable último de errores y aciertos. Muchas gracias por tu reseña, muy adecuada. Me pregunto por qué te muestras reticente ante palabras como “pionero” o “señalero”, que son empleadas en contextos donde resultan precisas al másximo. Cuéntame, por favor.
    Atentamente,
    E.

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  2. Hola, Eduardo. Pues porque para mí son barbarismos, o más precisamente, “falsos amigos”. Señalero y pionero en español tienen otros significados, y ya contamos en español con otras palabras más adecuadas. Eso sí, están empezando a colarse en nuestro léxico, no de forma oral, sino a través de las traducciones que no prestan atención al léxico militar especializado, que lo tenemos. ¡Voto a bríos!. La RAE, de momento, parece que está de acuerdo conmigo, y no las admite.

    “Pionero” sigue sin tener el significado de lo que en español sería “ingeniero militar” o, de forma más precisa, “zapador”, que creo que llegas a utilizar alguna vez. Un Pioneer no es un “pionero,” un explorador o colono, en español. Y un encargado de transmisiones / comunicaciones, por lo que acabo de ver en el DRAE, tampoco es un “señalero”, traducción demasiado literal de signaler. Sí es verdad que figuran en multitud de traducciones y, posiblemente, algún diccionario online, pero eso no significa que sean correctas, y (aún) no se han implantado en nuestro idioma. Como ya ha pasado, me temo, con “bizarro”. Me da la impresión de que el lenguaje oral las ignora, y el ámbito especializado (militar) también, Las unidades del ejército español equivalente siempre se han llamado “de enlace” (recuerda que Tolkien tenía a varios mensajeros a su cargo) o de transmisiones, que yo sepa incluso cuando se usaban telégrafos ópticos de campaña. Y lo mismo pasa con las unidades de ingenieros. El término zapador está de retroceso, pero no lo sustituyen “pioneros”, sino ingenieros.

    Quitando esos detalles, que ciertamente figuran en muchísimos más libros, la traducción me ha parecido exquisita, un gran trabajo y de gran dificultad. La mala utilización de estos palabros, desgraciadamente, es muy común, incluso en libros de historia militar, así que no es precisamente “raro” el encontrárselos en muchos sitios. Pero eso no significa que sean correctos. Aún.

    Por supuesto, todo esto es sólo mi opinión. Aunque me da la impresión de que la RAE, a día de hoy, me respalda.

    Espero que esta parrafada haya sido de tu interés. Por supuesto, siéntete libre de rebatirme.

    Cordiales saludos,

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  3. http://buscon.rae.es/drae/srv/search?val=se%F1alero
    señalero.
    (De señal, estandarte, bandera).
    1. m. Arg. Técnico responsable de una cabina de señalización ferroviaria.
    2. m. ant. alférez del pendón real.
    Real Academia Española © Todos los derechos reservados

    http://buscon.rae.es/drae/srv/search?val=pionero
    pionero, ra.
    (Del fr. pionnier).
    1. m. y f. Persona que inicia la exploración de nuevas tierras.
    2. m. y f. Persona que da los primeros pasos en alguna actividad humana. U. t. c. adj.
    3. m. y f. Biol. Grupo de organismos animales o vegetales que inicia la colonización de un nuevo territorio. Los líquenes son pioneros en el poblamiento de rocas que aún no tienen suelo vegetal.
    Real Academia Española © Todos los derechos reservados

    ¿?

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  4. Gracias.
    Habrás leído que las funciones de los encargados de señales eran, en ocasiones, las de emplear banderas y otras señalizaciones lumínicas; de ahí el uso de señaleros frente a oficial de señales / señalizaciones.
    En cuanto a pionero, ¿me podrías, por favor, indicar la / las página /-s en que has apreciado error de uso?
    Eduardo

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  5. Por ejemplo, en la pg. 240. Y en la 224 se usa, acertadamente, el término de zapadores.

    Es absurdo, por ejemplo, traducir el rango de Tolkien a “alférez” (imagino que en el original sería 2nd lieutenant), mientras se escribe que está encuadrado en unidades de “señales”. En español se pasó de denominarlas “de enlace” (con mensajeros que llevaban órdenes de un lado a otro) a “de transmisiones”, cuando empezaron a utilizarse aparatos como el heliógrafo, telégrafos o cualquier otro instrumento.

    Cordiales saludos

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  6. …Intentaba ser diplomático. Llamémoslo inconsistencias de criterio.

    Lo de pionero lo tienes todo ahí arriba, qué significa en español, y que no coincide siempre con pioneer en inglés. En español en este contexto el término sería ingeniero militar, zapador o, incluso, gastador, aún más en desuso que zapador.

    Saludos cordiales.

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  7. Buena explicación, aunque en realidad, “zapador” no está en retroceso. Es una especialidad dentro de los ingenieros, de hecho a veces se oye “ingeniero zapador”. Los RING nº 7 y 8 de Ceuta/Melilla tienen batallones de zapadores, y con el mismo nombre hay unidades de menor tamaño en la Legión, las tropas de montaña, los paracaidistas y el Ejército de Aire (EZAPAC).

    Con los “pioneers” hay además una contaminación del alemán. En inglés sólo se dedican a preparar caminos o terreno para el resto de tropas, pero no a asaltar posiciones fortificadas como los Sturmpioniere. Sin embargo éstos en libros y videojuegos han sido traducidos a inglés como pioneers (o assault pioneers en los mejores casos), y de ahí a español como “ingenieros/pioneros de asalto” cuando quizás la mejor traducción sea…zapadores.

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  8. Cuando digo que zapador está en retroceso, me refería a su uso en el español de calle, no a si hay unidades con ese nombre.

    En este contexto, precisamente, y dada la función de los “british pioneers” en la Gran guerra, quizás la traducción más ajustada (y castiza) sería gastadores… pero sin el componente ceremonial, claro.

    Creo que lo más claro para el lector sería simplemente ingeniero militar. Lo demás son ganas de liarlo. Si preguntas por la calle qué significa “zapador”, el 90% pensará que te refieres a un vendedor de zapatos, o algo parecido.

    ¡Saludos!

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  9. Hombre, pero ¿crees que “zapador” ha sido alguna vez palabra de uso corriente? No deja de ser un tecnicismo militar que el 90% de la población no habrá conocido nunca.

    E “ingeniero militar” es ambiguo entre los miembros del Arma de Ingenieros del ET, y otros cuerpos militares que se nutren de ingenieros titulados, como en el mismo ET los de Armamento y Construcción.

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  10. Disiento. Mientras existió el servicio militar obligatorio, el grueso de la población masculina (y mucha de la femenina, en edad de merecer) sabía distinguir perfectamente entre un furriel y un brigada, por no hablar de los distintos servicios y unidades que estaban emplazados en su localidad y las vecinas, así como las condiciones de cada sitio y lugar. Ahora mucha menos gente viste de verde (mejor dicho, “de manchitas”) y ese vocabulario se ha hecho más especializado que nunca en los últimos doscientos años.

    Se supone que el libro trata de los tommies en la Gran Guerra; ¿cómo quieres traducirlo, peones camineros?

    Cordiales saludos.

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  11. La reseña está muy bien escrita, y describe perfectamente el contenido del libro, La verdad, no entiendo tanta discusión por una detalle tan nimio sobre si son zapadores o ingenieros. Lo que importa es el libro, y lo que cuenta.

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